
El titulo de esta crónica se podría haber referido a aquellos gloriosos años en que la contra cultura como conciencia crítica promovía en diversos países una transformación profunda de la vida social en el ahora lejano Siglo Veinte. Pero no, no es una referencia histórica son porcentajes.
Cuando la Concertación empezaba a sacar cuentas alegres sobre el costo político del estallido social que le ha tocado vivir a la presidencia de Piñera, se le vino encima la mayoritaria reprobación ciudadana de la que da cuenta la encuesta Adimark.
Aunque es cierto que la figura presidencial nunca había estado más lejos de la gente, parece que en el pensamiento de la mayoría aún prima aquello del engaño de los 20 años anteriores. Y aunque la masa no es particularmente asertiva, sabe muy bien donde le aprieta el zapato. Y aunque haya cometido el error de elegir un gobierno de derecha para castigar al centro político, y ahora esté demandando al neoliberalismo más químicamente puro, una suerte de socialismo, la masa sabe del engaño aunque no ensaye respuestas especialmente elaboradas.
A ambas cifras les pena otro porcentaje, el de los que no ejercen el derecho al voto. Las tres cifras juntas son simplemente incendiarias, porque hablan del descredito de la política. No del desinterés por lo público que las movilizaciones han desmentido. Se trata del desencanto sobre la corrupción de la vida democrática.
Es natural que en un país como el nuestro, sean las frías cifras las que se hacen cargo de expresar el malestar. Las encuestas nos devuelven un desolador aunque no inesperado panorama. Mientras el modelo financiero con el gobierno de Piñera termina de imponer el desmantelamiento del Estado, vemos como ante la presión social se degradan los derechos públicos y aumenta la corrupción de la democracia.
Cuando emerge, por diversas razones y desde diferentes perspectivas ideológicas, la experiencia de indefensión de las mayorías ante los resultados de la desigualdad, se expresa también la diferencia entre la frustración de una mayoría de endeudados y una de indignados. Porque todos tenemos dudas sobre las mayorías de nuestro país y su capacidad de convertir en acción política su desencanto.
Es evidente que los resultados electorales le pasaron una factura contundente a la Concertación. No es menos cierto que su derrota después de dos décadas de gobierno coincide con una crisis de sentido. Pero cabe preguntarse ¿Y ahora que? ¿No existe una izquierda que pueda reformular la acción política ante las deficiencias de una democracia imperfecta?
Y, sin embargo, los movilizados nos dicen que no es momento de perder la fe, porque la calle y las redes sociales hablan de una energía renovada y llena de sentidos. De ahí puede surgir la creatividad para inventar la regeneración democrática. La defensa de los servicios públicos y el desarrollo de una economía, comprometida con el respeto medioambiental y al servicio de las personas, son las demandas ante un sistema que desprecia con una soberbia sin límites la dignidad de la Naturaleza y de los seres humanos.
Sin embargo es tiempo de creer. Porque el futuro no está escrito y porque las condiciones de nuestro desarrollo nos llevan a una necesaria y sana confrontación que terminó con la llamada democracia de los consensos para parir algo nuevo.
Como denuncian un grupo de intelectuales españoles, no podemos olvidar que “la corrupción democrática se ha mostrado como la mejor aliada de la especulación, separando los destinos políticos de la soberanía cívica y descomponiendo por dentro los poderes institucionales”.
Hay que devolverle a la vida pública el orgullo de su honradez, su legitimidad y su transparencia. Por eso resulta imprescindible buscar nuevas formas de ser parte de lo social para reinventar la igualdad democrática.
El mercado mediando en nuestro modo de imaginar lo colectivo nos ha despojado de una imaginación que puede recrearse. La reinvención del espacio público y la desobediencia a la ley del miedo pueden hacer de la política un campo de acción para otros sujetos organizados.
Como afirman los indignados la energía del tejido social puede consolidar una convocatoria en la que confluyan las distintas sensibilidades existentes en la izquierda y encontrar el consenso necesario para crear una ilusión compartida. Debemos transformar el envejecido mapa electoral bipartidista. Debemos crear las expresiones variadas y contradictorias de esa ilusión compartida. Como nos recuerdan los movilizados: “se necesita el apoyo y el esfuerzo de todos, porque nada está escrito y todo es posible". La memoria de la emancipación humana exige una mirada honesta hacia los valores y el futuro.
La corrupción de la democracia la permitimos todos por falta de fe, pero sabemos que el mundo lo cambian quienes tienen la osadía de creer. De creer, a pesar de todo, ¡y por eso mismo!
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Que bueno leer un comentario
Que bueno leer un comentario en 2 cifras tan significativas, que hablan en mi opinión de una renovación del pensamiento colectivo chileno, es decir, que las personas encuestadas vean el "engaño de los pasados 20 años", es algo que celebrar tanto cómo la claridad sobre la mediocridad del gobierno de la alianza. Lo he dicho antes y lo diré luego mas es realmente esperanzador verlo escrito por alguien más, ¡Claro que se puede creer!
Se agradece la visión profunda, la observación detenida y compenetrada que los datos de hoy se merecen.