
El malestar en estas elecciones municipales se expresó de dos formas: en el altísimo porcentaje de abstención, la más alta de los países que tienen voto voluntario y en el triunfo de candidaturas por fuera de los pactos, como la de Josefa Errazuriz en Providencia. Si analizamos el 60% de abstención, lo primero que hay que destacar es que la matemática del descontento ya se había expresado a través de las encuestas políticas, donde la llamada clase política fue reprobada y obtiene muy bajos niveles de aceptación.
Como prueba hay que recordar que la votación real obtenida por la Concertación en estos últimos comicios rondó el mismo porcentaje de aprobación que le dan las encuestas políticas del primer semestre. Así que nadie puede declararse totalmente sorprendido. Es decir los porcentajes de votación real eran esperables. Sin embargo, ninguna campaña a nivel nacional se atrevió a desafiar la posibilidad de que la gente no fuera a votar. Nadie dentro y fuera de los partidos movilizó fórmulas de trabajo con la ciudadanía, no obstante se sabía de la tendencia a la baja en la participación en las últimas 3 elecciones municipales.
A la hora de evaluar el factor casi todos los partidos de oposición pusieron el análisis en el mecanismo de voto voluntario. Se sospechaba que la decisión del gobierno era beneficiarse con la baja asistencia a las urnas y se pensaba que la derecha tenía un voto duro que no se vería afectado. La realidad fue otra. La suerte corrida por los partidos de la Alianza no fue distinta, y aunque la UDI se pueda jactar de ser el partido más votado, lo cierto es que perdió alcaldías a cuenta de la abstención, porque también su voto histórico se vio mermado. Y eso obviamente complica su opción presidencial para un nuevo período, más aún cuando uno de sus presidenciales usó la campaña para escenificarse apostando a que jugaba a ganador en varios escenarios que al final se perdieron incluidos bastiones del pinochetismo. Pero lo que realmente llama la atención es cómo a cuenta de la abstención, la oposición recupera terreno en un escenario donde su representatividad queda seriamente afectada.
Esto significa por ejemplo que figuras emblemáticas como Carolina Toha, alcaldesa electa del municipio de Santiago sea elegida por un 17% de la población de la comuna. Además de los efectos que esto tiene en la lucha que viene, se rompe el encantamiento y queda claro que nos gobiernan minorías políticas. Que como en otras democracias en crisis, el gobierno de las mayorías pasa a ser cosa del pasado y esto tendrá consecuencias sobre los liderazgos. Y hay muchos ejemplos a nivel mundial que muestran cómo la crisis de la representatividad se convierte en una desafectación con la democracia, no sólo con la política, y cómo la promoción de derechos se aleja de la gobernabilidad.
Se puede afirmar que la cifra de abstención cierra la transición porque ninguna de las antiguas mayorías está en pie. Ni el fiel 40% del electorado pinochetista, ni las mayorías de la "alegría ya viene". Son otros los sentidos que reclaman las mayorías auto excluidas. Y no hay que equivocarse, ambos sectores políticos obtuvieron los porcentajes de su votación dura y pura. O sea, a cuenta de un padrón electoral sincerado y una votación sin miedo a ser castigados terminó desnudándose el descontento con lo que el duopolio representa.
A nivel mundial la abstención electoral es un factor gravitante, pero nuestra institucionalidad tiene muchas trampas, entre ellas hacer un paquete entre la elección parlamentaria y la presidencial, y nadie podrá calcular el comportamiento de ese 60% que demuestra que la mayoría está fuera. Así entramos en un período de incertidumbre.
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